la letra filosa

Wednesday, April 05, 2006

Una Visión

Sigue la novelita...
Matías Dars despertó como de costumbre oliendo a orines y alcohol. No habìa cumplido los treinta y ya era una desgracia de hombre. Su casera graznó algunas palabras ininteligibles de las que el esperpento volcado ahí solo pudo entender algo relativo a la renta. Se levantó solo cuando el sol comenzó a irritar sus cansados ojos.Miró con desgano el periódico, uno de los tantos que, deshechos y rasgados, forraban su habitación convirtiéndola en un retrato de la decadencia. Sorbió sin mucho entusiasmo el líquido negro de su taza mientras leía el encabezado:“¡Bolas!”Debajo de este, la nota empezaba a cobrar ciertos matices de relativa seriedad:“Perro ataca a su dueño en partes nobles”.“Muere desangrado al llegar al nosocomio”.Dars se permitió una sonrisa amargada. Le divertían esos rodeos casi poéticos del periodismo de nota roja. Aventó lejos de sí el papel.La mañana avanzaba perezosa mientras su resaca lo convencía de permanecer encerrado, otra vez, en lo que llamaba su hogar. El chillido de sus tripas lo convencieron a salir a la calle con la esperanza de haber conservado su plaza como maestro de literatura en la secundaria de la colonia. Había faltado toda una semana. No era la primera vez, del mismo modo que seguramente no sería el único que lo habría hecho. Se arregló lo mejor posible (es decir, se remojó la cara y aplacó sus cabellos con el jugo de un limón sin nada que ofrecer) y salió con dos horas de retraso a la escuela. “Mejor tarde que de plano no llegar”, se consoló.El metro lo vomitó a un par de cuadras de la escuela. El director mismo lo recibió en la entrada con el cheque de su liquidación en la mano. Dars no le dio mucha importancia a quedarse sin empleo; contaba con que el dinero de la liquidación le alcanzaría para comprar cerveza durante tres días y algo de comida. Después ya vería. El periódico era importante también, de manera que lo compró.Leyó con cierto regocijo la derrota del América a manos de las Chivas, posó su mirada sobre un chisme sin importancia de alguna persona famosa, intentó sin éxito descifrar la sección económica y su estómago acabó de revolverse con declaraciones de políticos antes de llegar a la sección policíaca, su favorita. En esta leyó el acontecimiento que daba vida a los noticieros desde que el día había comenzado: el jinete muerto. Dars sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Recordó la nota que le había producido risa unas horas antes, mientras la necesidad de arribar a casa le azuzaba sin piedad. Voló por encima de las escaleras al salir del metro, ignoró como de costumbre a la casera, y entró a la pocilga que llamaba su hogar. Desesperado, revisó los periódicos que tapizaban el suelo. Buscaba cierta nota leída semanas, quizá meses atrás, con la esperanza de no encontrarla. Revisó uno a uno los jirones de papel que rodeaban su vida desde hacía algunos años y luego los rompìa en mil pedazos, conjurando la posibilidad de encontrar aquello de lo que deseaba no saber nada. Tal vez hubiese sido más fácil prenderle fuego al departamento, al edificio entero, para evitarse el enfrentamiento con la terrible realidad.Faltaban solo algunos cuantos kilos de papel por revisar. Si la nota que creía haber visto no se encontraba ahí, podría dormir tranquilo al menos hasta que se le acabase el dinero. Si la encontraba… Dars tenía la extraña sensación de que su vida cambiaría radicalmente si el periódico confirmaba sus temores.No pudo evitar llevarse la mano a la boca, conteniendo un grito:“¡Acuchillada!”“Muere joven apuñalada en su departamento”.“Sospéchase crimen pasional”.“María Iris Barnés era su nombre en vida”.-María Iris Barnés… -musitó Dars para sí mismo.Por primera vez en cinco años, pasó una noche sobrio y sin dormir.

El Jinete en la Bruma

PARTE I
-Tenemos la comunicaciòn con nuestras unidades en tierra:El noticiero abrìa con estas palabras su ediciòn matutina aquella extrañamente neblinosa mañana de abril.-Lo ùnico que puedo reportar -dijo el hombre de la motocicleta- es una extraña figura que se abre paso en el Zòcalo de la ciudad de Mèxico... parece... no sè... ¿Es un caballo?Despuès de una semana de poca actividad en el paìs o el mundo, una visiòn como aquella resultaba la nota del dìa que cualquiera hubiese deseado. No todos los dìas se veìa a un jinete paseando en plena explanada de la Plaza de la Constituciòn, aunque poco se imaginaban reportero y conductor, que aquella visiòn estaba por convertirse en algo todavìa màs inusual.-Asì es, parece ser un caballo... y el jinete no parece muy avispado... quizà se trate de uno de tantos pernoctantes que se dan cita en los bares de la ciudad de Mèxico... voy a acercarme a entrevistarlo...Cuando reportero y camarògrafo se acercaron al jinete, su expresiòn pasò por los diversos estado de sorpresa, previos al terror: descubrieron que aquel jinete estaba ataviado a la manera de un caballero medieval. El yelmo cubrìasu pecho, su cabeza estaba engalanada por el casco terminado en punta propio de aquellos remotos tiempos de la galanterìa, su mano empuñaba una lanza de manera por demàs gallarda. La visiòn acaso inspirase respeto, gracias a su gallarda estampa, aunque un solo detalle convertìa aquella visiòn en un espectàculo tètrico.El jinete estaba muerto.Camarògrafo y reportero corrieron sin cesar, sin mediar palabra -¿Nos escuchan? ¿Què pasa allà abajo?- preguntaba ansioso el titular del noticiero. Al no obtener respuesta, se pasò a otra nota, con el semblante nervioso y avergonzado de quien enfrenta una situaciòn inesperada durante un programa en vivo. Pese a ofrecer disculpas al auditorio con la bochornosa naturalidad del periodista, un sidor frìo recorrìa su frente. De alguna manera, sabìa que algo extraordinario y lùgubre habìa acontecido esa mañana.Los titulares de media tarde confirmaron esa sensaciòn: un jinete muerto y ataviado como un caballero medieval habìa hecho acto de presencia en pleno centro de la ciudad. Se hicieron los peritajes correspondientes, la autoridad informò a los familiares del occiso, el procurador de la ciudad negòtoda responsabilidad, adjudicàndole el asunto a "alguna pandilla de jòvenes, con ganas de hacer una broma pesada". Como de costumbre, se contaron innumerables historias-con un sentimentalismo de pèsimo gusto- sobre aquel joven asesinado en los albores de la juventud, sus pobres padres, que, inconsolables, pedìan justicia a gritos. La nota no pasò de ser la historia del dìa para saciar el morbo de la hambrienta hidra de millones de cabezas llamada Ciudad de Mèxico.